miércoles, 12 de agosto de 2015

El romanticismo alemán: el espíritu de la aventura contra la tiranía de la razón

El espíritu o esencia del romanticismo alemán, tiene como puntos de partida, fundamentalmente, primero, una búsqueda incesante de aventuras y, en segundo lugar, el de ser un contrapeso a la época de la razón a ultranza de los ilustrados y neoclásicos. Este movimiento artístico e intelectual alentará, entonces, la imaginación, la fantasía y los sentimientos. 

Los orígenes de esta escuela se remontan a los breves años, entre 1798 y 1800, en los que se publicaba la revista Athenäum1, dirigida por los hermanos Schlegel. Estos inicios, a su vez, se llevaron a cabo con las aportaciones teóricas de los filósofos Fichte, Schelling y Herder. Asimismo, los narradores Tieck y Wackenroder, y el poeta Novalis, contribuyeron a impulsar este movimiento artístico. Cabe señalar que además de la citada revista, también tuvo mucho que ver, en los primeros años del Romanticismo, el movimiento Sturm und drang que fue su antecedente más inmediato.

El Romanticismo, en su fase inicial, se inspiró en la visión aventurera del filósofo Johann Gottffried Herder. A este respecto, es famoso este pasaje donde demuestra tal iniciativa de salir al mundo: «Mi única intención es conocer desde más perspectivas el mundo de mi Dios»2

Cabe mencionar que en el Romanticismo el culto al genio se refiere a aquellos en quienes se personifica la libertad y desarrollan una fuerza creadora; es decir, en los llamados genios del ímpetu3. Así, pues, los literatos de esta escuela en Alemania y en Europa van a ser genios del ímpetu. En España, Larra es un claro ejemplo de ello.

En cuanto al contexto histórico, el primer Romanticismo transcurrió durante la Revolución francesa4; por esta razón hubo puntos de encuentro entre los ideales de ambos acontecimientos. Schlegel, decía que el idealismo5, uno de los pilares de la escuela romántica, coincidía con el de la Revolución. Sin embargo, poco duró esta visión idealista por parte de los románticos alemanes. Cuando esta derivó en excesos, que se reflejaron en terror y opresión en nombre supuestamente de la libertad, decidieron abandonar dichos ideales revolucionarios en el sentido ideológico y moral. Así, la razón revolucionaria se volvió opresión, y se puso en duda que el progreso traiga siempre lo mejor. En palabras del escritor y periodista alemán George Forster, quien se encontraba en Francia en el preciso momento de la Revolución, vio cómo esos ideales de libertad se fueron degenerando en injusticia: «Al mundo le espera la tiranía de la razón, quizá la más férrea de todas»6. De esta forma, los románticos se empezaron a preguntar si el verdadero progreso provendría de lo antiguo y primitivo. De tal modo que, en este nuevo escenario, se allana el camino y vuelve a gustar lo oscuro y las historias de héroes en parajes lejanos7.

Por otra parte, debemos resaltar que los románticos alemanes, por medio de la figura del filósofo Fichte, destacaron en dos aspectos cruciales en la concepción del Yo: el Yo trascendental (inconsciente) y el Yo empírico (consciente), los cuales estaban enlazados8. Muestra de esta elevación del Yo, tanto el activo como el observador, son las pinturas de Caspar David Friedrich que nos ofrecen la imagen del mundo a los pies de sus protagonistas9.

Por último, la reflexión que nos suscita esta escuela es que el Romanticismo buscaba la intensidad, y esta intensidad llevará a sus héroes o protagonistas (o incluso a sus propios autores) al sufrimiento y a la tragedia. Solo así se explica esa apelación a lo fantástico, a lo inventivo, a lo metafísico, a lo imaginario y a lo abismal.


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1 SAFRANSKI, Rudiger: Romanticismo, Barcelona, Tusquets, 2009, pág. 13
2Ibid. pág. 19
3Ibid. págs. 22-23
4Ibid. pág. 30
5Ibid. pág. 33
6Ibid. pág. 35
7Ibid. pág. 52
8Ibid. pág 72-73
9Ibid. pág 75



Autor: Juan Aguirre

sábado, 16 de noviembre de 2013

Reseña de "San Manuel Bueno, mártir", de Miguel de Unamuno

       Miguel de Unamuno profundizó en asuntos filosóficos sin desvincularse de la literatura. En su amplia producción literaria estas temáticas están presentes cronológicamente en las diferentes etapas de su obra. La reflexión histórica[1] de su tiempo forma parte de la modernidad en Unamuno. Como hombre de su tiempo, y más aún en el contexto histórico en el que vivió, su personalidad y su talento como escritor hizo que su prolífica obra trascendiera, no sólo en el campo de la literatura sino también en otros como la filosofía, la teología, el periodismo, la crítica literaria y el pensamiento político.

         San Manuel Bueno, mártir, es una novela, por tanto, de tintes filosóficos y religiosos, que aborda muchos temas que tienen que ver con el ser y su devenir. El ser, en su permanencia en esta vida, y el devenir en cuanto a lo que hay más allá de la muerte. Estas dos premisas formarán en esta novela una sola entidad. La relación entre cuerpo y espíritu, o entre el ahora y el mañana. en el ser humano es la mayor preocupación del protagonista de la obra, el cura Manuel Bueno. Tanto las personas más allegadas a él, como los hermanos Ángela y Lázaro Carballino, comparten estas mismas inquietudes.
         Aunque sabemos o percibimos las temáticas fundamentales de esta obra, el argumento podría tener diferentes interpretaciones. Esto no es algo nuevo porque los estudiosos del escritor bilbaíno coinciden en que el argumento unamuniano carece de desarrollo o conclusión[2]. Pues, por un lado, tenemos a Manuel Bueno, el cura del pueblo que, pese a su profundo ateísmo, persiste en adoctrinar (o mantener) en la fe a los habitantes de Valverde de Lucerna. El religioso, antes que hombre de Dios, es hombre a secas; es decir, prefiere que el pueblo no deje de creer en un Dios del que él mismo no cree. Esto lo hace para proteger a su pueblo; protegerlo, quizá, de sí mismo: si el pueblo pensara como Manuel Bueno estaría perdido. Esto se puede deducir a partir del hecho de que el padre forastero de Ángela Carballino le legó en herencia unos pocos ejemplares de libros, y que estos eran los únicos del pueblo. En otras palabras, el pueblo era inculto, poco formado y, en consecuencia, vulnerable espiritualmente. El pueblo no sería capaz de entender o profundizar los pensamientos de su guía espiritual. Éstas eran las preocupaciones de Manuel Bueno para con su pueblo y él no los quería defraudar. En este aspecto podemos notar un extraordinario humanismo. Quizá Bueno tendría razón y el pueblo se podría degenerar moralmente si, como decía Nietzsche y otros filósofos similares, supiera o entendiera que Dios ha muerto[3].

          Pero uno de los ejes principales de la temática que Unamuno utiliza en San Manuel Bueno, mártir, junto al ser, es, como dije anteriormente, el devenir del hombre. Y este devenir pasa indefectiblemente por el hecho natural de la muerte del individuo y su posterior estadio, en palabras del filósofo danés Kierkegaard. Entonces se plantearían las preguntas metafísicas de que hay más allá de este proceso natural. Los estadios que Kierkegaard aplicaba para denominar varios aspectos o etapas de la vida también podrían aplicarse para este nuevo escenario que se plantea a partir del cese de la vida en el sentido cristiano, trascendente o por la mera curiosidad de saber qué hay más allá de lo conocido.


         La existencia de la muerte es la razón de ser de diversas disciplinas del conocimiento como la filosofía, la religión, la literatura, el arte, etc.[4]. Porque saber que existe, que forma parte del proceso natural de la vida, mueve el intelecto, el pensamiento y salimos de ese estado autómata o de evasión en el que predomina el pragmatismo cotidiano, resumido en el concepto de deshumanización posterior a la Segunda Guerra Mundial. De este modo, esta novela nos plantea el ofrecimiento de la vida[5]; la del cura Manuel Bueno, que se sacrifica por su pueblo para mantener la armonía y la felicidad. Pero para que su sentido humanitario se lleve a cabo había que tener unas características particulares, como psicólogo empírico, o de la experiencia, para conocer a sus feligreses y mantenerles a salvo de cualquier perturbación de índole moral.

         El ser humano de por sí está influenciado por diversas ideologías, pensamientos o tendencias de diferentes procedencias que moldean su carácter. Esta penetración de influencias los hace vulnerables ante estos conocimientos. Manuel Bueno sabía que sus feligreses no estaban capacitados intelectualmente para hacer frente a una realidad que no estuviese dentro de los parámetros de la fe. Con esto, podemos notar una característica paternalista en el sacerdote, como un padre que protege a sus hijos, Bueno prefiere seguir con la pantomima de la fe, no decirles que él tampoco, en el fondo, cree. Él salvaguarda a su pueblo de las inclemencias de descubrir la verdad. Él, como portador de un ateísmo recalcitrante, no podía "contaminar" a sus hijos con sus pensamientos.


         El sacrificio es casi mesiánico: ofrece su cuerpo y espíritu en favor de los demás, de sus semejantes, de sus prójimos. Como Cristo, en la cruz, Bueno se inmola por ellos, por sus vidas, allí, en aquella realidad; porque el devenir es inexistente más allá de la muerte. Y Ángela Carballino podría ser la apóstol femenina que da testimonio de todos estos hechos, para que permanezcan a buen recaudo en el futuro, y sirvan como ejemplo humanista, por encima de cualquier dogma cristiano o espiritual; el humanismo como dogma que prescinde de todo vínculo institucional; el humanismo como norma de convivencia.
         Estas semejanzas entre Bueno y Cristo son evidentes. La novela de Unamuno es casi una alegoría al evangelio, un símil, un ejercicio comparativo. Si Cristo murió en la cruz, Bueno morirá por y para su pueblo; su tiempo se lo dedica exclusivamente a ellos, se desvive por su tranquilidad y bienestar en todos los aspectos. No hay momento en su vida en el que no haga nada en favor de ellos.
         Manuel Bueno conocía a su pueblo y no es sino hasta la llegada de Lázaro, hermano de Ángela, que alguien descubre la verdad oculta, aunque anteriormente ella le hizo una serie de preguntas que no se correspondían con las que las jovencitas de aquel entonces le hacían al cura. Estas preguntas eran más profundas, de cuestionamiento de la fe, de un calado que estremecían al cura el cual no sabía cómo responder convincentemente. Y Lázaro, el hermano que volvió a Valverde de Lucerna desde América, el hombre que había adquirido los conocimientos y el pensamiento liberal de las repúblicas hispanoamericanas, es quien cuestiona también al cura y éste termina confesando lo que hasta ese entonces nadie sabía. Son ellos tres, entonces, cómplices de aquel secreto; pero Ángela es la única que mantiene verdaderamente su fe. A pesar del ateísmo de Bueno, él quiere que ella siga creyendo, así como todo el pueblo. Lázaro, en cambio, era como él: compartían un escepticismo religioso incurable.

          Otro de los aspectos que llaman la atención de esta novela es su modesta extensión. Sin duda, de haber tenido San Manuel Bueno, mártir unas doscientas o trescientas páginas su volumen se hubiera parecido más a las grandes (en extensión, no en calidad) obras de los novelistas rusos e ingleses. Sin embargo, creo que de haber querido Unamuno darle una mayor extensión lo hubiera hecho. Pero esta brevedad tiene un sentido lógico que va más allá de convencionalismos, de estéticas y de estrategias de mercado (para vender más libros) que no se corresponden con un Unamuno comprometido con su literatura. Porque para el escritor bilbaíno la ausencia de todo elemento de relleno[6] era parte de su poética literaria. Esto también lo aplicaba para sus obras de teatro. Con esto Unamuno reafirmó su compromiso con su literatura más que con una estética destinada a satisfacer los apetitos económicos de las editoriales.

          Es su brevedad la que hace de esta novela un compendio que concentra una serie de ideas y temáticas que el autor quiere narrar o desentrañar a través de ella. Quizá pensó, el escritor bilbaíno, que con una mayor extensión se perdería lo esencial de esta obra. Como lector confieso que me hubiera gustado leer más páginas, por lo interesante que me resultó; pero, no obstante, me animó a seguir indagando en los temas que orbitan alrededor de esta magnífica obra literaria.


          Hay muchos ejemplos de novelas de estas dimensiones que han conseguido un efecto similar. Pienso que, de alguna u otra manera, Unamuno ha hecho de San Manuel Bueno, mártir, una obra antievangélica, en el sentido de que no anuncia una buena nueva sino todo lo contrario: que los aldeanos (que representan a la humanidad en definitiva), al ser gente poco formada, debe conformarse con creer, porque eso encaminará sus vidas por el camino correcto, sin dilaciones ni complicaciones. Pero si se salen de ese camino trazado, y al no tener las herramientas necesarias para hacer frente a la dureza de la vida, podrían degenerarse hasta convertirse en aquello que los destruiría. 
         La mención antievangélica en esta novela es en el sentido filosófico y no anticlerical. Se sabe que Unamuno, durante su niñez y adolescencia, fue un ferviente creyente[7]. Esto explicaría el abundante tratamiento sobre estas temáticas en su prolífica obra literaria.


          Unamuno es el escritor de la duda teológica, para lo cual utiliza herramientas de la filosofía existencial y otras similares en esta novela. Esta duda de fe es más evidente en el personaje de Ángela Carballino, pues en su hermano Lázaro y en el cura Manuel Bueno, e profundo ateísmo es incuestionable.

          Otra de las cuestiones, entre muchas, interesantes de esta novela es la mención del elemento sindical[8], debido, quizá, al contexto histórico en que se escribió esta obra literaria, por parte del Lázaro, cuando le propone al cura Manuel Bueno formar un sindicato de agricultores o campesinos para su mejor organización.

         Durante los tiempos de la república española, los movimientos progresistas hallaron un lugar para manifestarse. Sin embargo, la década de 1930 fue convulsa en España debido a los constantes cambios de gobiernos de carácter conservador y de izquierdas. Los valores democráticos estaban también en cuestionamiento en esos tiempos y Unamuno no era ajeno a ello como se muestra en aquel episodio de la novela donde se habla expresamente de alguna forma sindical.       
        Y, precisamente, no había sido desde los tiempos de Carlos V, donde hubo una apertura del pensamiento renovador, como el humanismo, el erasmismo y la Reforma[9] hasta la república donde se pudo escribir con libertad, sin la censura de la iglesia católica.

        El relato de San Manuel Bueno, mártir se ubica dentro de este contexto histórico en el cual se puede hablar libremente de la no existencia de Dios, si que le enjuicien o maten. Pero esto se termina, lamentablemente, durante la dictadura franquista. La misma suerte tuvo otra de las generaciones de grandes escritores españoles: la Generación del 27. 

        Volviendo al aspecto psicológico y espiritual es de destacar al personaje Blasillo, el discapacitado mental, que exclama las últimas palabras de Cristo en la cruz. El abandono de Dios podría interpretarse como una metáfora de la vida misma: Blasillo exclama un por qué a su condición de discapacitado. Es el hombre, que representa a toda la humanidad. Y es el cura Manuel Bueno quien, por medio de la razón, acepta la realidad como única vía para desarrollar el humanismo. Es decir, no hay una explicación teológica para la realidad; la realidad es aquí y ahora; fuera de ese contexto no hay más realidades ni refugios espirituales para los hombres buenos. La bondad o la buena convivencia es el humanismo; el humanismo descontaminado de religión es el único dogma para el cura de Valverde de Lucerna.

         El personaje de Ángela Carballino podría considerarse ambivalente, que duda por momentos de aquella fe a la que se aferra aunque su razón le diga que no tiene sentido seguir creyendo. Además es ella quien narra la historia.

           La influencia de su hermano Lázaro que viene de América, un ateo confeso que ha adquirido las ideas liberales de las jóvenes repúblicas americanas independizadas de España, ejerce también una influencia en ella. Es él quien también muestra rasgos complejos, pero determinados por su ateísmo. Pero la personalidad más compleja es la del protagonista, el cura Manuel Bueno. Resulta paradójico su doble discurso: por un lado a sus feligreses les anuncia las buenas nuevas del evangelio y por otro lado, a Lázaro, primero, y luego a Ángela, les cuenta la verdad: su fe frente a la incredulidad[10] de su pensamiento. En este punto cabe mencionar que de no haber llegado Lázaro la verdad de Bueno no hubiera salido a la luz. Es Lázaro el leitmotiv, el epicentro de la confesión del cura de Valverde de Lucerna. Es como si se hubiera visto en un espejo y ante él no había la posibilidad de ocultar u omitir la esencia de Manuel Bueno.
          El factor religioso, que lo acompañó en toda su trayectoria literaria, en Unamuno es fundamental para entender su poética:

«Tal vez se encuentra España ahora en el momento más crítico y más decisivo de su vida social; tal vez estamos a punto de cosechar la amarga lección del desastre; tal vez va a decidirse si he de ponernos al paso y al rumbo de los demás pueblos cultos o hemos de volver a la vieja y pedregosa rodera del pasado. Nunca ha estado la política española tan revuelta y enmarañada como al presente se nos muestra, pocas veces tan agitado el espíritu público, y es porque se plantea al cabo la cuestión de las cuestiones, la cuestión batalladora, la vital para España, la cuestión religiosa[12]».
        Pero Unamuno no sólo está influido por el pensamiento erasmista y existencialista; también, por medio de esta novela, notamos rasgos evolucionistas en sus premisas. Esto le hace un escritor ecléctico que aborda diferentes temáticas desde distintos puntos de vista y coge lo que cada teoría tiene de bueno[11]. Quizá por eso la prosa, como medio temático, de Unamuno es versátil: deja puertas abiertas para la libre interpretación, no es rígido en sus teorías y deja que el lector saque sus propias conclusiones. Desde ambas orillas, desde la fe y desde el ateísmo, el lector se puede identificar con estos personajes o con la historia en su conjunto de esta imprescindible obra literaria.
 
Juan Aguirre


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[1] ZAVALA, Iris, Unamuno y el pensamiento dialógico, Barcelona, Anthropos (1991), pág. 17.
[2] Ibid., pág. 111.
[3] HEIDEGGER, Martin, «La frase de Nietzche "Dios ha muerto"», en: Sendas Perdidas, Buenos Aires, Losada (1979), pág. 177.
[4] ALBA PELAYO, Mª Asunción (Prólogo de Esteban Pujals), Unamuno y Greene (un estudio comparativo), Secretariado de publicaciones de la Universidad de Alicante, Alicante (1989), pág. 11.



[5] Ibid., pág. 51.
[6] VV.AA., Volumen IV, homenaje en el cincuentenario de la muerte de Miguel de Unamuno (ed. Jesús María Lasagabaster), San Sebastián, Universidad de Deusto (1987), pág. 47.  [7] VV.AA., Estructuras y técnicas narrativas en el cuento literario de la Generación del 98: Unamuno, Azorín y Baroja (segunda edición), Pamplona, Universidad de Navarra (1998), pág. 47.
[8] LIDA, Clara E., Antecedentes y desarrollo del movimiento obrero español (1835-1888), Madrid, Siglo XXI (1973), pág. 47.
[9] VALDÉS, Juan de, Diálogo de la lengua, Madrid, Clásicos Castalia (1985), pág. 7.
[10] VV.AA. El ateísmo contemporáneo Vol. IV, Madrid, Facultad de teología de la U. Pontificia Salesiana de Roma (1973), pág. 83. 


[11] UNAMUNO, Miguel de, Prensa de Juventud (ed. Elías Amézaga), Madrid, Compañía Literaria (1995), pág. 60.[12] VV.AA., De patriotismo espiritual: artículos en «La Nación» de Buenos Aires 1901-1914,



Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca (1997), pág. 77.











martes, 23 de octubre de 2012

Reseña de "La broma infinita", de David Foster Wallace


“Si no solo de pan vive el hombre,
tampoco de lógica y razonamiento”



Leer una novela de más de mil páginas podría ser como leer cuatro o cinco novelitas al uso, por lo cual recomendar una obra de estas dimensiones no es tan difícil como se cree. Sería cuestión de cuantificar el tiempo invertido en la lectura. Pero, atención, no me estoy refiriendo a un best-seller; me estoy refiriendo a una novela que es mucho más que eso en cuanto a contenidos y personajes, porque éstos son abordados desde sus entrañas, desde una perspectiva que va más allá de lo convencional, para que no solo disfrutemos de una buena historia, sino que, por medio de ella, removamos nuestros razonamientos y emociones. En esta exploración y remoción de lo humano radica la importancia de este tipo de obras literarias.

“La broma infinita”, de David Foster Wallace (Nueva York 1962 – California 2008), es una novela que tiene todos los ingredientes para poder ser catalogada como del tipo “Siglo XXI”, aunque se haya publicado en 1996, en el prefacio de un siglo XX dominado por el tridente constructivo del planteamiento-trama-desenlace (que, para muchos, debería renovarse o reinventarse). No obstante, creo que sería arriesgado hacerlo porque en 2012, año en el que vivimos, es aún muy pronto para decidir cuál es el tipo de novela que englobará los requerimientos necesarios para ser considerada como tendencia del siglo. Dejémoslo en que “La broma infinita” es una extraordinaria novela que está dentro de lo que mayormente se conoce como posmodernismo. Y a este respecto, cabe indicar que esta novela está influenciada, en su concepción, por otras disciplinas artísticas o culturales que orbitan -quiérase o no- en torno a la literatura, como la televisión, la informática, el marketing y el cine. Por lo cual ya notamos en ella un cambio o una forma diferente de crear la estructura de una obra literaria: su resultado es una narración fragmentaria, con oscilaciones en la lectura entre vertiginosas y distendidas, pero sin dejar de lado la coherencia, presente en lo que nos quiere contar. Todo ello salta a la vista durante la lectura, pero de una manera que llama la atención sin perturbar la fluidez de la misma.

La influencia autobiográfica de David Foster Wallace en “La broma infinita” es evidente por dos aspectos relevantes en su vida. El primero de ellos es la competencia tenística juvenil -el autor participó en torneos de ese deporte durante su adolescencia-, la cual tiene como escenario, en la novela, a La Academia Enfield de tenis de Boston. Estos deportistas adolescentes son tan peculiares que se divierten, además de con sustancias prohibidas, entre otras cosas, con el Juego del Escatón, que es raro y cruel por lo vejatorio de su práctica para los participantes, y pinta de pies a cabeza a estos jovencísimos tenistas.
El segundo aspecto son los psicofármacos -David Foster Wallace estuvo medicado y bajo tratamiento psiquiátrico para soportar la depresión que sufría desde muy joven-, cuya descripción de los personajes dependientes a las drogas legales e ilegales son perfectamente compatibles con cualquier expediente sanitario: “Algunos pacientes psiquiátricos –además de un buen porcentaje de personas que dependen tanto de productos químicos para sentir bienestar que cuando tienen que abandonar la química pasan por un trauma de pérdida que les llega a los sistemas más profundos del alma- conocen de primera mano que hay más de un tipo de la llamada depresión”.
En esta obra encontraremos ambas caras de la realidad: la dureza de la vida encarnada en una variopinta diversidad de personajes, y la superficie sobre la que estamos acostumbrados a desenvolvernos. Precisamente, en los detalles imperceptibles que nos ofrece el autor podemos conocer el lado oscuro de las personas. Quizá su verdadero ser. Estas más de mil páginas dan para ahondar en detalles. Y el autor no escatima en recursos narrativos para ofrecérnoslos.
En este proceso de desvelamiento pasamos constantemente del realismo al hiperrealismo. Prueba de ello son los N.A. (Narcóticos Anónimos) o los A.A. (Alcohólicos Anónimos). Estos últimos son los que presentan un mayor grado de dramatismo por lo lamentable de su situación, llenos de muertes y de tragedias. Es en estos dos aspectos donde el realismo y el hiperrealismo se palpan de manera más evidente. Me recordó la primera vez que vi la película “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick: mientras leía episodios de “La broma infinita” sentía esa sensación de desasosiego unida a una dura veracidad. Pero entre la película de Kubrick y la novela de Foster Wallace no hay ningún tipo de similitud argumentativa ni de ninguna otra índole, excepto en el hiperrealismo de algunas escenas. También el autor nos sumerge en una dialéctica geopolítica que, entre muchas cuestiones, destacan los separatistas de Québec, aquella provincia canadiense francófona. Con esto le da a la novela unos tintes políticos muy interesantes y que añaden riqueza a la historia. Pero no es meter ideas porque sí, para rellenar: existe una lógica detrás de todo ello, que va conformando un todo mientras se avanza en la lectura. Es una novela que se va construyendo de a poco, en complicidad con el lector.
A veces nos topamos con inconmensurables párrafos. La cantidad de personajes, sus descripciones sociológicas y sus diálogos lo justifican. Asimismo, las interminables descripciones de lugares son a su vez dignas de destacar. Esta vastedad de descripciones tiene un sentido unitario. Nada sobra en la novela. Las historias que van apareciendo dan la impresión de que son irreconciliables, de que no tienen nada que ver la una con la otra. Sin embargo, conforme leemos, el autor integra todas y cada una de las historias de la novela. Es una narración para lectores pacientes, porque la extensión requiere constancia. Y merece la pena.
Los términos fosterwallaceanianos están presentes en la narración para entender su mundo o cosmovisión de las cosas: Interdependencia, ONANistas, Servicios No Especificados, la Convexidad… Y de sus particulares términos no podemos olvidarnos de una característica fundamental de esta vasta obra: el tránsito de la ironía (“Evan Ingersoll, el hombre fuerte de IRLIB-SIR, de 1,3 metros de estatura, calentado por su grasa de bebé y muchas calorías de esfuerzo mental, está de cuclillas sobre sus talones como un catcher al oeste de Damasco”) al sarcasmo (“el señor James Incandenza, director de la Academia de tenis se suicidó metiendo la cabeza en el microondas”). Siguiendo esta misma línea tenemos también los nombres con el que se bautizan en Estados Unidos, y otros países, los años: El año de la ropa interior para adultos Depend, El año del parche transdérmico Trucks… Todos estos términos y otros conceptos que el lector puede no entender, están debidamente explicados en el apartado de NOTAS Y ERRATAS, al final de la novela. Son más de cien páginas que el autor le dedica a esta última parte de la novela para mejor entendimiento del lector.
Mucho se ha dicho de esta novela, que es compleja, que no es fácil, etcétera, etcétera. Requiere de una perseverancia, de una curiosidad por desenredar los mecanismos de la mente, del historial emotivo y psicológico de los personajes. No es solo una historia, hay otra historia detrás que no está escrita en papel, pero sí en nuestras conclusiones después de terminar “La broma infinita”. Es de esas novelas que nunca olvidarás, como el primer amor. Y que con el paso y el peso del tiempo volverás a recorrer los mismos caminos o páginas porque sabes que te has dejado algo ahí.
David Foster Wallace tuvo un trágico final, como sus personajes: se ahorcó en 2008. Era profesor universitario y ya era considerado uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación. Pero la depresión, que padeció durante más de veinte años, pudo con él. Sin embargo, nos quedó su obra que, aún sin ser muy prolífica, es de una calidad importante. El contenido, en este caso, de “La broma infinita”, es una prueba de ello, como sus demás novelas y relatos.




Juan Aguirre




sábado, 13 de octubre de 2012

La Celestina, de Fernando de Rojas

La Celestina leída en su versión original, en español del siglo XVI, es un ejercicio enciclopédico (por las notas a pie de página en la edición del hispanista Peter Russell o de otro similar a él) e histórico (porque podemos apreciar la evolución de nuestro idioma). Sus abundantes diálogos pueden dar la impresión de ser una obra de teatro -aunque se haya representado acertadamente en varias ocasiones-, pero en realidad fue concebida para leerse como una novela. Por este motivo sus notas a pie de página son imprescindibles para asimilar el contexto, los escenarios y demás configuraciones espaciales o externas a ella.
Fernando de Rojas, su autor, fue un judío converso al cristianismo en aquellos tiempos de barbarie inquisitorial. En esos tiempos de pureza desquiciada, impuesta por unos fanáticos y que contaminó ideológicamente también a otros países europeos. La expulsión de los judíos sefardíes de España fue, quizá, el peor error que se pudo cometer en aquella época. A saber la cantidad de intelectuales, artistas y científicos que habría dado la cultura sefardí a este país es incalculable. Pero ese es otro asunto que, aunque no atañe a esta entrada, no quería omitir mi opinión acerca de ello.

De Rojas fue abogado y se estima que escribió La Celestina (se publicó más de un siglo antes de la existencia de Cervantes y Shakespeare) cuando tenía unos treinta años de edad. No se le conoce otra obra. Su título original fue Comedia de Calisto y Melibea y posteriormente Sebastián de Covarrubias le cambió la palabra "comedia" por "tragicomedia", pero es más conocida, y así aparece en las ediciones modernas, como La Celestina.

Es interesantísimo observar que en el idioma castellano o español de la edad media existían palabras o formas de expresión que hoy siguen vigentes en Hispanoamérica, como los términos "acá", "vos" y otros. Esto es fácilmente explicable porque la llegada de los españoles a América se dio en aquellos tiempos, en el siglo XVI, y las formas de hablar o utilización de expresiones quedaron en aquellas tierras y se usan a día de hoy.

El tratamiento que le da esta novela a las pasiones humanas es fascinante. Lo tiene todo: amor, codicia, envidia, impaciencia, lealtad, raciocinio, desenfreno emocional... La humanidad entera estaría reflejada en esta obra.
En los ojos de Calisto, la belleza de Melibea representa mucho más que el poder de la naturaleza. En los ojos de ella podría, inicialmente, interpretarse que espera perseverancia.  Pero el tiempo, el maldito tiempo podría llevar a la deriva las aspiraciones, las emociones. El amor, en definitiva.
Desde larga data los oportunistas siempre han aparecido en los momentos precisos para su beneficio. Y cuando ven que todo está servido para ellos aprovechan hasta el más mínimo detalle. Lo quieren todo para ellos y nada ni nadie podrá detener sus objetivos.
Cuando choca la pasión con lo racional entra en conflicto el ser humano. Y otra vez el tiempo se convierte en enemigo del enamorado, del desvalido sentimental, que ve amenazado sus anhelos y acude a lo que sea necesario para conservarlos.
Celestina es un personaje casi omnipresente, que aglomera y domina a los demás. Sabe de las debilidades humanas, y que por ellas algunos son capaces de transgredir sus propios valores morales o de pensamiento.
De corte erasmista, esta gran obra literaria tiene un final insólito dentro del contexto histórico de la España del XVI en que fue publicada.


 Juan Aguirre





domingo, 26 de agosto de 2012

Prometheus, prólogo de Alien


Puede que sea uno de los pocos que no haya salido decepcionado de la sala del cine después de ver Prometheus. Las críticas negativas a esta película han sido casi unánimes. Pero creo que la razón para todo esto es que la gente, al tratarse de Ridley Scott, haya puesto sus esperanzas en que podría igualar o mejorar sus dos obras maestras: Blade Runner y Alien. Sin embargo, esto no suele ocurrir; son muy raros los casos en los que un director de cine, un escritor, un dramaturgo; un creador, en definitiva, haya repetido en sus posteriores obras la misma calidad de la anterior, considerada obra maestra.

Yo, aún sabiendo de que se trataba de un gran director de cine, no esperé nada de Prometheus. Sólo fui a entretenerme, a que me cuenten otra historia, a creérmela y a escribir sobre ello en este espacio. Porque había que hablar de Prometheus y explicar el por qué no fue lo que todos esperaban.

La pelicula comienza con la típica búsqueda del ser humano de sus orígenes. Y lo que nos quiere decir Ridley Scott, y todos los ufólogos o ufólicos (creyentes de los UFO o fenómeno OVNI), es que nuestra especie tiene un origen extraterrestre. Es decir, que ningún Dios, ni los chicos listos de la CERN tienen razón. Todos están equivocados: provenimos de los extraterrestes, según la película.

Prometheus es la nave espacial que los lleva al planeta donde los extraterrestres duermen una especie de hibernación forzada hasta que algún organismo (léase humanos) los despierte del sueño. Y claro, no podría ser de otra forma: nuestra especie despierta a los malos y luego los mata en pos de salvar nuestro planeta azul. La fórmula perfecta para crear un héroe de la nada.

Y por si no fuera poco, la religiosidad está presente, como en casi toda película americana, y esa dicotomía entre la Fe y ciencia es evidente a los ojos de los espectadores. Esto debió haber hecho hervir la sangre de los seguidores ateos y/o agnósticos de Ridley Scott. Me imagino.

Hay escenas realmente muy logradas, como la de la protagonista, la arqueóloga-científica Elizabeth Shaw, que se practica un aborto por cesárea, al enterarse que su pareja, el científico Charlie Holloway, estaba infectado con los microorganismos alienígenas. Y posteriormente muere a causa de ello. Impresiona ver cómo la máquina de operaciones quirúrgicas superavanzada le practica el aborto automáticamente con sólo programarla: le extrae el alienígena (que parece un calamar). Pero lo que no resulta creíble es que ella continuó sin descansar. Cualquier persona se hubiera desmayado con el dolor. En este caso se aplicó una especie de anestesia de rapidísimo efecto (¿la magia del cine?).

El final de la película es un guiño descarado a Alien. Con esto evidentemente habrá una continuación y será, supongo, ni más ni menos que el resurgimiento de uno de los alienígenas más famosos del séptimo arte. Aunque vaticino que no conseguirá ni tan siquiera una pequeña parte del éxito de su predecesor. El formato Alien (el octavo pasajero) es un producto ya caducado, manido. No creo que el público se trague semejante dinosaurio cinematográfico. Su tiempo ya pasó. Hoy en día, con las nuevas tecnologías e Internet, el formato Alien es como uno de esos primeros procesadores de sobremesa 386, 486, Pentium (¿alguien los recuerda? Yo sí, pero prefiero no recordarlo).

Se equivocaría Ridley Scott al resucitar (de llevarse a cabo ese proyecto) a su viejo juguete alienígena.
 
En síntesis, me gustó Prometheus (debo ser uno de los pocos), y recomendaría esta película, pero no por el argumento que es demasiado simplón, sino por los efectos especiales. Es sorprendente ver cómo la tecnología no tiene límites a la hora de crear estos escenarios impresionantes.
 
 
 
 Juan Aguirre
 
Publicado en El Librepensador.

domingo, 19 de agosto de 2012

Batman: la ideología del entretenimiento


Cristopher Nolan, director de Batman, The Dark Knight Rises (2012), una vez más me ha sorprendido con una buena película. Como la anterior, donde el Joker, interpretado magistralmente por el malogrado Heath Ledger, representó el mal desde otra perspectiva: la perversidad extrema y la introducción de un componente ideológico (la teoría del caos) marcaron un hito en la saga de Batman a lo largo de su historia en el cine. Fue la muestra cinematográfica del caos y de la maldad más palpable de nuestro tiempo, porque el contexto era actual en los momentos de mayor tensión producido por el terrorismo global.

En esta última entrega de 2012, la película comienza con una gran escena: la del escape de Bane y sus secuaces en pleno vuelo. Con Gotham sin su súper héroe, aparece Bane, el villano, un personaje brutal, forjado en el infierno de una prisión. En las alcantarillas de la metropoli es donde los seguidores de Bane tienen su base de operaciones. Dejan fuera de combate al comisario Gordon, y la ciudad queda a merced de los bárbaros. Pero Batman reaparece en Gotham para salvarla después de unos años de ausencia, debido a que se inmoló moralmente para salvar el honor del fiscal Harvey Dent.

"El caballero oscuro: la leyenda renace" (su nombre en la versión en español) no me decepcionó, como la anterior de 2008 tampoco, por la que la recomiendo. Sin embargo, el espectador debe tener en claro dos factores importantes a la hora de valorar una película: el continente y el contenido. Así, por medio de esta metonímia, podemos hacernos una idea íntegra de una película.

El continente (que en realidad es lo más importante en el mundo del cine, porque el cine al fin y al cabo es entretenimiento puro y duro; es sacar al espectador de la realidad por dos horas) de esta última entrega de Batman es perfecto: los efectos especiales que debe tener toda película del género de los Súper héroes, la trama evidente que enfrenta el bien contra el mal, el reparto, los excelente diálogos, etc.

Mis discrepancias se encuentran en el contenido: la utilización de un discurso social en boca de un villano. Cuando Bane dice textualmente: "Pueblo de Gotham, ya no seréis esclavos, seréis dueños de vuestro destino", en realidad no se trata de un simple discurso, ya que la lucha de clases propone la igualdad. Con esto se está dejando el discurso social por los suelos, dándole mala fama. ¿Pero contra quién se enfrenta el villano agitador de las masas? Pues contra el corazón del capitalismo: Wall Street. En realidad nos están diciendo: "Queridos espectadores no os enfrentéis al poder establecido por el capitalismo, porque, de lo contrario, seréis terroristas como Bane". Los buenos, según la película de Cristopher Nolan, son Wall Street y el capitalismo. En realidad, el discurso de Bane tiene un fuerte componente ideológico que va dirigido a cualquier intento de insurrección social, al movimiento Occupy o a sus simpatizantes, a todos los que están contra los banqueros, a los indignados, a quienes piensan, en definitiva, que en las altas esferas del capitalismo está el origen de la crisis. El mensaje es sugerente, poderosamente persuasivo. Cuando en la película nos dicen textualmente "los magnates como Wayne son buenos porque ayudan a los niños pobres de los suburbios", en realidad nos están diciendo "los magnates como Wayne son buenos porque de lo que les sobra ayudan a los niños pobres" (esto es muy típico en una sociedad como la de Estados Unidos donde los magnates crean fundaciones para ayudar a los pobres en lugar de que el Estado, o las instituciones públicas, se hagan cargo de ellos. Un ejemplo de esto es que en ese país, a pesar de ser la primera potencia mundial, sus ciudadanos no tienen cobertura sanitaria: se lo tienen que pagar ellos mismos mediante seguros médicos privados). Cuando nos dicen en la película textualmente "si os organizáis contra Wall Street o el orden establecido o contra el capitalismo, os arruinaréis", en realidad nos están diciendo "mirad al villano Bane que os ha comido el coco; no os organicéis, no hagáis nada, dejad que nosotros, los listos de Wall Street, solucionemos los problemas del mundo".

Pero todo es entendible desde el punto de vista monetario: es una cadena que va desde Hollywood hasta el espectador y con Cristopher Nolan en medio, haciendo de intermediario. Y a nosotros, los espectadores, nos adoctrinan, o lo intentan, mediante estos discursos sutiles que pasan desapercibidos en los espectadores incautos.


Juan Aguirre

 

*Publicado en El Librepensador.

sábado, 28 de julio de 2012

La soberbia en la ficción y en la realidad

Los métodos de dominio sobre el otro son diversos.
Uno de ellos es no reconocer los propios defectos y
que los errores sólo vienen de fuera.



Según el reconocido psiquiatra Enrique Rojas la soberbia es “fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos los que le rodean”. Y no le falta razón a la hora de extrapolar este concepto al Juez Holden, uno de los personajes principales de la novela “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy. Pero la soberbia de Holden estaba matizada de una variabilidad de carácter propia de los manipuladores, y cambiaba según le convenía. Su soberbia era la de un intelectual; había viajado por todo el mundo, sabía de muchísimos asuntos históricos y científicos, y hablaba varios idiomas. Todo eso le llevó a ser el líder de un ejército de asesinos que luchaban contra otros asesinos de diferente raza y cultura. Su soberbia, como toda soberbia, además de ser la característica de muchos intelectuales, era el instrumento de dominio y control sobre sus subordinados.

La zona fronteriza entre Estados Unidos y México en la primera mitad del siglo XIX fue un campo de batalla salvaje y sangriento. Los enfrentamientos entre los indios y los colonos eran brutales. Y en ese miserable escenario, sólo un ser de una catadura moral acorde con aquel tiempo y lugar, podría dirigir unas hordas enloquecidas por el ansia de dinero. Se les pagaba muy bien por cada cabellera de indio cortada. Habían sido contratados para eso por las autoridades mexicanas y las del Estado de Texas. Y en medio de toda esa sangre estaban los inocentes o los que no tenían nada que ver con aquel festín diabólico: los niños que Holden violaba y asesinaba.

Su soberbia era su propia ley, su propia Constitución, su propio mandamiento divino. Éstos, desde luego, no desentonaban con aquel paisaje desértico y cruel sino, todo lo contrario, se complementaban. La soberbia de Holden era endógena y formaba parte de su discurso. En sus palabras y acciones no había lealtad ni traición. Lo único que le importaba era conseguir los objetivos trazados. El fin justifica los medios. El bien y el mal para él no existía; sólo su retorcido criterio en base a creerse un ser superior a los demás, por encima de cualquier instancia ética o legal. En una ocasión Holden llegó a decir que “la ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso en favor del débil”. Así pensaba el Juez y nadie podía salirse de esa línea de pensamiento si quería seguir vivo.

A pesar de que era un ser violento, su soberbia era sutil, inteligente y efectiva para lograr la sumisión de sus huestes. Supo ganarse desde un primer momento el respeto y el miedo de sus hombres, en base a sus habilidades en la guerra, pero, sobre todo, por su persuasiva locuacidad. Su discurso era demasiado convincente. Conocía las debilidades de los demás y lo aprovechaba en beneficio propio. En su caso, como jefe, sabía que ninguno de sus hombres estaba a su altura intelectual, y nadie sería capaz de rebatir sus argumentos. Estuviera equivocado o no. El orden establecido eran los preceptos del Juez Holden. A fin de cuentas sus hombres eran tan codiciosos y despiadados como él. Aceptar lo que él decía era parte del guion. El número de cabelleras era el fin supremo. Cuando todo terminara cada uno recibiría su parte del botín, fin de la historia y a continuar otra vez.

Pero si bien había unos pocos que discepaban de los métodos de Holden, no eran lo suficientemente enfáticos como para contradecir al Juez. Esos pocos, aunque quisieran, nunca podrían oponerse al todopoderoso y omnipresente Holden. Había una amarga resignación e impotencia en aquellos. Quizá la abrumadora soberbia del Juez o la debilidad de espíritu, o ambas, les impidieron plantarle cara y rebelarse. Simplemente callaban o soltaban un tímido murmullo que no llegaba ni a protesta. La mayoría miraba para otro lado o creían fervientemente en el Juez, que impartía justicia según su nauseabunda lógica. En un momento de la novela ocurrió una leve rencilla, que no llegó a mayores, entre Holden y el ex cura Tobin, uno de los que más discrepaban con él: “Vuestro máximo deseo es que os cuente algún misterio. El misterio es que no hay ningún misterio [...] Se puso de pie y se alejó hacia lo oscuro. Sí, dijo el ex cura, observándole con la pipa fría entre los dientes. Ningún misterio. Como si él mismo no fuera uno, maldito engañabobos”.

La soberbia es tan dañina que termina poseyendo a quienes la poseen. Los soberbios pierden toda objetividad sobre ellos mismos. No ven más allá de lo que les dicta su soberbia. Se convierten en caricaturas repulsivas o sólo toleradas por su séquito de aduladores o de soberbios como ellos. Las personas soberbias lo quieren controlar todo, y eso mismo les hace perder su propio control. Arriesgan más que cualquiera, porque están convencidos de que son seres superiores y como tal lo pueden todo. No hay límites ni barreras que les impidan hacer lo que les dé la gana. Como siempre tienen la razón, según ellos, y los demás están equivocados, no aceptan discrepancias. Tampoco tienen escrúpulos, ya que su moral está definida por el poder absoluto que ellos mismos han creado, y que tratan de imponer a toda costa. A veces con más o con menos esfuerzo o impunidad. La cuestión es que tienen deformada la realidad de las cosas, pero eso no les impide, a muchos de ellos, conseguir el éxito económico, político o social. Pisoteando a quienes se interpongan en su camino, se abren paso sin importarles nada ni nadie. Y si han de morir, morirán sin ningún sentimiento de culpa ni ápice de arrepentimiento verdadero. A Hitler, sin ir más lejos, su soberbia le obnubiló, no le hizo ver la realidad, porque estaba completamente convencido de que conquistaría toda Europa y subestimó a los países aliados. En lo moral, con el holocausto, su limpieza étnica y sus demás genocidios, su soberbia le desquició hasta límites insospechados. Y lo peor es que contaminó a todo el pueblo alemán de su soberbia, de creerse los elegidos por la divinidad para dominar el mundo. De esto se puede llegar a la conclusión de que la soberbia contamina a quienes se dejan contaminar.

Los dictadores y algunos presidentes o gobernadores, son de los que grafican mejor la soberbia a grandes escalas. Hace no mucho, en los años noventa, lo vimos también en La Guerra de Los Balcanes; en Serbia, Kosovo, Croacia y los demás países de la ex Yugoslavia. Es increíble ver a estos personajes soberbios autodestruirse o en la cárcel purgando condenas como el ex Presidente del Perú, Alberto Fujimori, quién durante diez años gobernó como un dictador: sometió a los medios de comunicación y a políticos de la oposición en base a sobornos. Actúo con total impunidad corrompiendo todas las instituciones para poder dominarlas. Su soberbia le cegó y creyó que la justicia era un juego para tontos, y que a él nunca le atraparían. Se escudó en su doble nacionalidad japonesa, pero ese país permitió su extradición por la presión internacional. Fue sentenciado a varios años de cárcel (está en la cárcel a día de hoy) por graves delitos de corrupción y por crímenes contra la humanidad, al ordenar a un grupo paramilitar el asesinato de civiles al confundirles con terroristas.

Actualmente, en nuestras sociedades podemos detectar fácilmente a los soberbios, porque se hacen notar enseguida. Sólo basta escucharles. Están en todos los ámbitos: en el político, deportivo, empresarial, bancario, académico, religioso, delictivo, etcétera. También en los periódicos o en los telediarios, podemos verles a muchos de ellos en los tribunales, como acusados, o en la cárcel, como vimos anteriormente. Éstos últimos son quienes han ostentado mayor poder. Los niveles de soberbia en los individuos dependerán del poder que ostenten. La premisa de “a mayor poder, mayor soberbia; a menor poder, menor soberbia”, casi siempre se cumple. En los niveles más bajos de soberbia, podemos encontrar a pequeños soberbios en nuestros vecinos, compañeros de trabajo o a quienes están detrás de una ventanilla de la administración, por citar algunos casos.

El origen de la soberbia del Juez Holden, como todas las soberbias, lo desconocemos. No hay un momento preciso en el que una persona se vuelva soberbia. Ni mucho menos que se nazca soberbio, ni que sea congénita. Pero una vez adquirido es muy difícil volver atrás. La soberbia es algo que tiene que ver con el entorno en el que se vive; asimismo, las influencias externas de familiares, amigos o conocidos, como también los valores o principios recibidos durante las edades tempranas. Aunque nada asegura que el virus de la soberbia contamine la integridad de una persona. Ésta no conoce de condiciones ni procedencias; se instala hasta en los más humildes. Por alguna rendija se infiltrará en forma de vanidad, primero, para adquirir con el tiempo, si no se corrige, el semblante de la soberbia.



Juan Aguirre