miércoles, 12 de agosto de 2015

El romanticismo alemán: el espíritu de la aventura contra la tiranía de la razón

El espíritu o esencia del romanticismo alemán, tiene como puntos de partida, fundamentalmente, primero, una búsqueda incesante de aventuras y, en segundo lugar, el de ser un contrapeso a la época de la razón a ultranza de los ilustrados y neoclásicos. Este movimiento artístico e intelectual alentará, entonces, la imaginación, la fantasía y los sentimientos. 

Los orígenes de esta escuela se remontan a los breves años, entre 1798 y 1800, en los que se publicaba la revista Athenäum1, dirigida por los hermanos Schlegel. Estos inicios, a su vez, se llevaron a cabo con las aportaciones teóricas de los filósofos Fichte, Schelling y Herder. Asimismo, los narradores Tieck y Wackenroder, y el poeta Novalis, contribuyeron a impulsar este movimiento artístico. Cabe señalar que además de la citada revista, también tuvo mucho que ver, en los primeros años del Romanticismo, el movimiento Sturm und drang que fue su antecedente más inmediato.

El Romanticismo, en su fase inicial, se inspiró en la visión aventurera del filósofo Johann Gottffried Herder. A este respecto, es famoso este pasaje donde demuestra tal iniciativa de salir al mundo: «Mi única intención es conocer desde más perspectivas el mundo de mi Dios»2

Cabe mencionar que en el Romanticismo el culto al genio se refiere a aquellos en quienes se personifica la libertad y desarrollan una fuerza creadora; es decir, en los llamados genios del ímpetu3. Así, pues, los literatos de esta escuela en Alemania y en Europa van a ser genios del ímpetu. En España, Larra es un claro ejemplo de ello.

En cuanto al contexto histórico, el primer Romanticismo transcurrió durante la Revolución francesa4; por esta razón hubo puntos de encuentro entre los ideales de ambos acontecimientos. Schlegel, decía que el idealismo5, uno de los pilares de la escuela romántica, coincidía con el de la Revolución. Sin embargo, poco duró esta visión idealista por parte de los románticos alemanes. Cuando esta derivó en excesos, que se reflejaron en terror y opresión en nombre supuestamente de la libertad, decidieron abandonar dichos ideales revolucionarios en el sentido ideológico y moral. Así, la razón revolucionaria se volvió opresión, y se puso en duda que el progreso traiga siempre lo mejor. En palabras del escritor y periodista alemán George Forster, quien se encontraba en Francia en el preciso momento de la Revolución, vio cómo esos ideales de libertad se fueron degenerando en injusticia: «Al mundo le espera la tiranía de la razón, quizá la más férrea de todas»6. De esta forma, los románticos se empezaron a preguntar si el verdadero progreso provendría de lo antiguo y primitivo. De tal modo que, en este nuevo escenario, se allana el camino y vuelve a gustar lo oscuro y las historias de héroes en parajes lejanos7.

Por otra parte, debemos resaltar que los románticos alemanes, por medio de la figura del filósofo Fichte, destacaron en dos aspectos cruciales en la concepción del Yo: el Yo trascendental (inconsciente) y el Yo empírico (consciente), los cuales estaban enlazados8. Muestra de esta elevación del Yo, tanto el activo como el observador, son las pinturas de Caspar David Friedrich que nos ofrecen la imagen del mundo a los pies de sus protagonistas9.

Por último, la reflexión que nos suscita esta escuela es que el Romanticismo buscaba la intensidad, y esta intensidad llevará a sus héroes o protagonistas (o incluso a sus propios autores) al sufrimiento y a la tragedia. Solo así se explica esa apelación a lo fantástico, a lo inventivo, a lo metafísico, a lo imaginario y a lo abismal.


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1 SAFRANSKI, Rudiger: Romanticismo, Barcelona, Tusquets, 2009, pág. 13
2Ibid. pág. 19
3Ibid. págs. 22-23
4Ibid. pág. 30
5Ibid. pág. 33
6Ibid. pág. 35
7Ibid. pág. 52
8Ibid. pág 72-73
9Ibid. pág 75



Autor: Juan Aguirre

domingo, 16 de noviembre de 2014

La [otra] utilidad de la poesía (apuntes poético-positivistas)

El viernes fui con Tatiana a ver la proyección de un documental titulado "Se dice poeta", sobre el papel de las mujeres en la poesía actual el cual contó con una gran asistencia de público. Inmediatamente después, se llevó a cabo un breve pero ameno debate sobre algunos temas relacionados con el documental.

Primero que nada, he decir que me pareció un buen trabajo el reportaje cinematográfico dirigido por la artista Sofía Castañón. En este se tocaron muchos temas relacionados con el rol de la mujer en la poesía. Los temas que más me llamaron la atención fueron: el feminismo (este documental podría encajar perfectamente en un Festival de cine feminista, como le dije después a Tati), las poetas estadística y socialmente en el panorama actual (y en retrospectiva, analizando este aspecto históricamente) y para qué sirve la poesía. Sobre este último asunto voy a intentar aquí exponer mis puntos de vista. Para los otros dos temas, por cuestiones de espacio y tiempo, los trataré en otra ocasión.

Desde hace algunos meses atrás tenía ganas de escribir sobre la poesía, pero no encontraba eso que los biólogos (por cierto, había una bióloga entre el público que intervino en el debate) llaman catalizador o sustancia que activa las reacciones químicas para el funcionamiento del metabolismo de las células. En mi caso, asistir con Tati a ver este documental, ha sido el catalizador que me ha impulsado a escribir este modesto tratado.

Paradójicamente, no me considero, desde el punto de vista lingüístico, funcionalista, sino más bien, ecléctico, porque tengo en cuenta otras corrientes lingüísticas para mi concepción del lenguaje. No obstante, para la literatura y, en este caso especial de la poesía, sí considero que debería abordarse desde una visión funcionalista. Por esta razón voy a tratar el tema de la poesía desde una perspectiva positivista, porque creo que es la mejor forma de teorizar, desde el funcionalismo, sobre el género de la poesía.

Sin duda, desde que apareció el positivismo, en el XIX, las artes o las humanidades han sido influenciadas por sus métodos; es decir que, aunque no en todo, se ha tratado de dar un explicación racional a todas las teorías literarias y, por extensión, a las poéticas por medio de planteamientos positivistas. Para la poesía solo basta ver los infinitos estudios que hay sobre la metáfora. La metáfora, como recurso poético por antonomasia, ha sido estudiado por la psicología, y otras disciplinas científicas, las cuales han arrojado interesantes teorías al respecto. Con esto podemos ver esta estrecha relación entre ciencia y literatura o arte. Así, entonces, vemos cómo la ciencia, o el método científico, han influido a la hora de ofrecer planteamientos teóricos sobre la poesía. Por tanto, resolver la pregunta de “para qué sirve la poesía” (que apareció también en el documental), desde una perspectiva positivista tiene fundamento y valor. Claro que también se puede abordar este tema desde otras perspectivas, pero lo que haremos aquí es enfocarla desde el positivismo.

La poesía es un producto del lenguaje; es decir, un resultado de un proceso mental del o la poeta que ha escrito en versos medidos o libres un texto. Este producto (utilizamos el término “producto” como “resultado de”) escrito es la representación emocional y racional del y la poeta. Emocional, en primer lugar, porque la definición de “la poesía es la expresión del sentimiento”, es inamovible: en todos los estudios literarios se parte de esta acertada definición para entender este proceso creativo. Bien, eso por un lado. En cuanto a lo racional por el siguiente motivo: el o la poeta ordena sintáctica, semántica y morfológicamente las palabras, sus relaciones entre ellas y su significado. Y para ello se sirve de su conocimiento gramatical innato (la Gramática Universal de Chomsky) y adquirido (en la enseñanza). Este conocimiento gramatical solo puede llevarse a cabo mediante un proceso consciente, lúcido, donde lo emotivo es anterior para dar paso a lo racional, por lo que acabamos de exponer. Este último paso, el racional, es indispensable para el poema porque, en caso contrario, sería ininteligible para, no solo el creador o creadora, sino para el lector o lectora. De este modo nace el poema, y para demostrarlo, ya que estamos abordando este tema desde el positivismo, vemos cómo afecta de diversas maneras al lector: emocionalmente ha sido conmocionado (de ser el caso) por el poema. Las emociones del lector o lectora han conectado con lo que el o la poeta han expresado por medio del poema. Pero para que esta conexión exista lógicamente se ha dado un proceso racional que es el de descodificar gramaticalmente el contenido del poema. No se puede separar, desde un punto de vista funcionalista, el sentimiento que contiene el poema de su inteligibilidad a partir de su concepción racional. Ambos, lo racional y lo emocional, forman la estructura del poema.
 
Llegados a este punto, podemos afirmar que se dan dos procesos: 1) el del o la poeta (codificación) y 2) del lector o lectora (descodificación). Por tanto, tenemos dos elementos que componen el poema: A) lo emotivo y B) lo racional, como se ha mencionado. Lo emotivo, que duda cabe, es fundamental en el desarrollo y a lo largo de la vida de todo ser humano. Somos seres emocionales. Solo basta vernos llorar con una película, por ejemplo. Por otra parte, lo racional también es fundamental, porque complementa a lo emotivo en todas nuestras funciones cotidianas. De este modo hemos podido demostrar e identificar estos dos elementos básicos para la poesía. Recuérdese, desde el positivismo.

Si un poema carece de estos dos elementos no es poesía (aunque exista la poesía experimental que intenta dar una alternativa a lo emotivo o a lo racional, siempre habrá un trasfondo emotivo-racional en cualquier poema sea o no experimental). Así, partimos de este principio para pasar a la última parte de esta visión positivista de la poesía: su utilidad.

Todo producto tiene una utilidad porque ha requerido un esfuerzo (en este caso mental o racional y emotivo) y el lector es consciente de ese esfuerzo, y por este motivo invierte parte de su tiempo leyendo un poema. Pero un poema, desde el positivismo, nunca puede ser concebido desde la ociosidad del burgués que, como un autómata, escribe versos o desde cualquier persona que sienta algo abstracto o concreto y quiera expresarlo sin saber por qué. La visión positivista, dado el origen del poema (emotivo-racional), como ya hemos visto, exige un modus operandi poético; es decir, que el o la poeta deben tener claras las ideas a la hora de componer un poema. Al lector positivista, no le interesa la historia de la vida del o la poeta por sí misma. Lo que le interesa a un lector o lectora positivista es, dicho en términos coloquiales (en aras de hacer didáctico este tratado para que llegue a la mayor cantidad de gente posible) “¿para qué me es útil este poema?”. Y la respuesta es, simple y llanamente, desde la perspectiva positivista, para ayudar al mejoramiento personal del ser humano. Si la literatura trabaja con la verosimilitud para transmitir una idea o hecho, la poesía, por ser un género literario también opera con la verosimilitud. Esta cualidad verosímil la distancia de la historia o verdad, para ofrecernos otra perspectiva de la realidad. Los seres humanos hemos desarrollado esta característica literaria o artística desde las pinturas rupestres de Altamira. Solo de esta manera la poesía, por medios verosímiles, puede ser útil a los individuos y a la sociedad. Y esta utilidad puede ser de diversas formas: morales, de objetivos, de claridad de ideas, etc. A cada individuo le corresponde un tipo de utilidad específica que se ajuste a sus necesidades o expectativas. La prueba más fidedigna de que la poesía es útil a un individuo, es cuando después de leer un poema este adquiere otra perspectiva (mejor) o para reafirmar positivamente las cosas antes de leer dicho poema. En otras palabras, la poesía solo tiene sentido de ser cuando ayuda a la mejora personal de cualquiera de nosotros. El lenguaje es un medio poderoso para mejorar al ser humano en lo personal, en lo más íntimo de su ser: unos versos inteligentemente construidos y con un contenido sapiencial, desde la experiencia o desde una simple o graciosa anécdota, por ejemplo, podría ser útil para este cometido. El humor y otras formas utilitarias para los fines positivistas son absolutamente válidos. Que no se piense que el positivismo es cerrado y serio, no; eso jamás. Las variantes, como el humor y otras, como el drama, etcétera, tienen que servir a la causa positivista.

En la mente de un o una poeta y de un lector o lectora está latente siempre la interrogante de “¿existen límites para el mejoramiento personal?”. Para el positivismo, es así como opera la poesía desde la codificación hasta la descodificación. Y desde el inicio de la poesía occidental, en la antigua Grecia, hasta nuestros días, lamentablemente no podemos sino hacer una criba con todos esos miles de millones de poemas escritos, porque solo una parte de estos poemas son los escogidos para este sentido utilitario-positivista de la poesía. Así, vemos como grandes poemas (seleccionados de forma precisa) de, por ejemplo, Horacio, Góngora, Béquer, Novalis, Wilde, Withman, César Vallejo, Ángel González, etc., sirven para este fin.

Para esta finalidad positivista de la poesía, los mecanismos son diversos: ahora sí tendría sentido una "narración" de la vida del poeta, de darse el caso, pero única y exclusivamente para un fin utilitario (o de mejoramiento personal explicado con el método positivista, como hemos visto). Todo mecanismo para "poetizar" debe de estar enfocado a la utilidad para el o la poeta (autoutilidad porque también funciona en beneficio de quien crea el poema) y para el o la lectora. El o la propia poeta puede escribir para sí mismo: la utilidad positivista, de este modo, funcionaría para sí mismo o misma. La multifuncionalidad (autoutilitaria -para sí mismo- y utilitaria -para otros-) de la poesía es patente. El hecho de no tener las ideas claras de para qué sirve la poesía está fuera de toda concepción positivista. Para que tenga una verdadera utilidad debe beneficiar al mejoramiento, repito, del mismo poeta o a su interlocutor (lector o lectora). He de insistir en esto último para tener una idea cabal de la poesía entendida desde el positivismo. Por tanto, este tratado no debe ser juzgado apasionadamente sino desde esta parcela del pensamiento, que intenta ofrecer otra alternativa. Cabe recordar, reitero, que la poesía es y puede ser abordada y analizada desde diferentes perspectivas.

Para terminar, como hemos visto, la poesía tiene una importancia evidente y una función específica. El lector o lectora no positivista que lea este tratado no debería escandalizarse, dadas las advertencias iniciales del mismo. Lo relevante de todo esto es que, con las herramientas temáticas suficientes, cualquier teórico interesado en la poesía puede desarrollar su propio método para explicar el origen, desarrollo y finalidad de la poesía. Un instrumento del lenguaje tan importante como la poesía no puede ser tratado negligentemente ni con desdén. Tampoco podemos exigirles a los creadores, a los y a las poetas, que desarrollen una teoría sobre la poesía. En buena hora si lo hacen, pero en quienes está la responsabilidad de hacerlo es en los críticos, en los filólogos y filólogas que para eso se estudia la poesía. También, por último, las aportaciones de otras ramas humanísticas y científicas deberían tenerse en cuenta para consolidar estas teorías literarias.


Juan C. Aguirre.

lunes, 28 de julio de 2014

Un poeta loco y un narrador borracho conversan en un bar (I Parte)

El diálogo comienza in medias res. Esta historia ficticia se da entre dos vecinos que se encuentran en un bar. Lo que se dijo antes no es tan relevante como lo que a continuación vais a leer. Al final, después de meditarlo un poco, me ha dado por continuar esta historia, pero con una fecha indeterminada. La imagen que encabeza este relato corresponde a un fotograma -que encontré en Google images- de la película del director Dagur Kari, The good heart (2009). Para la lectura de este texto recomiendo escuchar "El Cisne", de Saint-Saens.



 UN POETA LOCO Y UN NARRADOR BORRACHO CONVERSAN EN UN BAR

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin forma de la idea.
 Gustavo Adolfo Béquer, Rima V.



-          POETA LOCO: [...] No puedo detenerme ni ofrecer perdón. Qué más quisiera yo empatizar con la gente; mirarles a los ojos, y detenerme a felicitarles o consolarles en sus alegrías o nostalgias. Quizá por eso siempre digo «hola» y también «adiós», con una frecuencia espeluznante, porque hago y pierdo amigos día a día. De todas formas, sé lo que quiero y adonde voy; lo único que no sé es cuándo, si es que alguna vez sucede, me detendré.

-          NARRADOR BORRACHO: Lo mío es parecido, pero a diferencia de ti, yo sí me detuve. Y ese, amigo, fue mi peor error. Tal vez si no me hubiese detenido hoy sería otro; estaría sobrio, tendría una familia, hijos y una esposa a la que pudiera acariciar todas las noches.

-          PL: ¿Por qué te detuviste, entonces?

-          NB: No lo sé, me cansé de caminar. Había viajado mucho en búsqueda de un sueño traidor. Todos mis sueños me traicionaron. No sueñes, amigo, vive la realidad. Es lo único que gente como tú y yo, perdedores, tenemos en esta vida. No creas en milongas ni cuentos chinos de esos pequeños burgueses que leen novelas de amor y que van a la playa a ver la puesta del sol. No les creas.

-          PL: Yo creo en mí mismo…

-          NB: ¿En ti mismo? Ja,ja,ja,ja… Perdona que me ría, pero no hay peor estupidez que creer en uno mismo. Ja,ja,ja,ja… Eso solo lo dicen para escurrir el bulto. En realidad lo de creer o conocerte a ti mismo es absurdo: nuestra mente es infinita y no se puede conocer del todo. Sócrates estaba borracho cuando dijo o escribió eso.

-          PL: ¿Entonces en quién o en qué creer? A ver, listo, dime…

-          NB: No tengo ni puñetera idea, amigo. Lo único que sé es que eso de «creer en uno mismo» es tan mierda como yo.

-          PL: No tienes autoestima. Estás como una puta cabra. Déjame. No, mejor me voy yo. Estoy harto de ti, maldito viejo amargado.

-          NB: Oye, déjate de chorradas y dime una cosa…

-          PL: ¿Qué?

-          NB: Eso de detenerte, ahora que lo pienso, creo que no nos estamos refiriendo a lo mismo: ¿cómo es que te detuviste? ¿a qué te refieres con «detenerte»? ¿Detenerte de qué o quién?

-          PL: Pues de nada en concreto, simplemente tomar aire, mirar a los ojos a la gente y ser sincero. Yo paso de todo el mundo, voy a lo mío. No me importan los demás, aunque sí que me gustaría que me importe, pero no puedo hacer nada por evitarlo, o sea, no puedo detenerme. Por eso la gente que no me conoce cree que soy un desalmado y presumido, pero se equivocan, lo que pasa es que soy como un tren sin estaciones, con un único pasajero y conductor que soy yo.
-          NB: ¿Y adónde va ese tren?
-          PL: A un sitio que no te importa.

-          NB: No tienes ni idea de qué hacer con tu vida. Anda, come y bebe; disfruta mientras puedas. Bebe ahora que eres joven. Cuando seas viejo tendrás tiempo para resacas. Yo vivo en una constante resaca, ¿sabes? Pero es guay -como decís vosotros- esta resaca permanente. Siempre estás con sueño y duermes. Y cuando despiertas, bebes. Así transcurre mi tiempo. ¿Sabías que Jean Genet, el escritor francés, el gay, se fue a Marruecos a «esperar la muerte»? Lo dijo en una entrevista.

-          PL: No, no lo sabía. Vaya mierda eso de esperar la muerte. Es como un dejarte morir. Pero... ¿a cuento de qué viene lo de Genet? En fin, ya hablaremos de Genet otro día. Una cosa, a ver, listo, antes que me olvide: ¿y tú de qué o de quién te detuviste?
-          NB: Del amor.
-          PL: Maldito borracho, ya empiezas a delirar, ¿cómo que del amor?
-          NB: Sí, como lo oyes, del A-MOR. ¿Qué no entiendes?
-          PL: Nada, no entiendo nada. Yo, por mi experiencia no creo en el amor «per se». Mi poesía es poesía de objetivos en la vida y en los sentimientos. No creo en las cosas abstractas ni en las que no se puedan demostrar.

-          NB: Tú no eres poeta, eres un jodido científico que se hace pasar por poeta. Los poetas no piensan así, como tú, estafador.

-          PL: Eso crees tú y la mayoría de personas. ¡Pero si provenimos de la energía, somos energía que ni se crea ni se destruye¡ Entonces pasa lo mismo con los sentimientos, que ni se crean ni se destruyen, solo se transforman en alegrías, tristezas, sobriedad, mesura, odio, ternura… Es una transformación constante.

-          NB: No te entiendo…

-          PL: A ver… el amor, si no tiene unos objetivos a cumplir no existe. Por ejemplo, una pareja que se ama tiene que tener objetivos conjuntos. Si esos objetivos no se cumplen, en un determinado tiempo, el amor desaparece o simplemente se resquebraja y empieza a morir esa relación. Por tanto, el amor está condicionado por los objetivos.

-          NB: Me da miedo cómo razonas las cosas, ¿por qué eres poeta? Mi idea de poesía es aquella que no te da respuestas, sino solo buenas preguntas a las que tienes que responderte a lo largo de tu vida. Mierda, espera, voy a beber un poco más, glup, glup, glup…

-          PL: Me tengo que ir. 

-          NB: Yo también.

-          PL: Van a cerrar esto. Quizá en otro momento te explique más mis teorías.

-          NB: No hace falta, ahora sí te entendí. Lo que pasa es que tu forma de pensar no es la de un poeta al uso. ¿Quieres revolucionar la poesía? Ten cuidado, o bien puedes conseguir la gloria o el más absoluto ridículo.

-          PL: Lo sé, lo sé.
-          NB: Bueno, en otro momento continuamos la charla. Es curioso que siempre nos veamos en el ascensor del edificio y no haya hablado nunca contigo. Siempre vas de prisa a todas partes, deberías relajarte un poco. ¿Cómo era tu nombre?

-          PL: Jorge. ¿Y el tuyo? 

-          NB: Luis.

-          PL: ¿Quedamos mañana a las 21:00?

-          NB: De acuerdo, espero acordarme. ¿Cómo se llamaba este bar?

-          PL: Borges, el bar Borges.


©Juan Aguirre

Julio de 2014.

sábado, 31 de mayo de 2014

Donde centramos nuestra atención… (Texto ironico)

Sperber y Wilson escribieron sobre la Relevancia; es decir, sobre dónde enfocamos nuestra atención en algo y, por ende, jerarquizamos la información que nos proporcionan. Habrá, entonces, información relevante y otra no relevante. Esto lo vemos en nuestro día a día. No hace falta más que darnos cuenta, al conversar con alguien, que lo más importante del diálogo se concentra en un breve espacio de tiempo, y que el resto es información que, si bien viene a cuento, ya no es relevante como lo que queríamos comunicarle al otro o que nos comuniquen a nosotros; en otras palabras, lo que queremos decir o que nos digan realmente, lo que queremos comunicar o que nos comuniquen es lo relevante, el resto de la información es, precisamente, y valga la redundancia, informativa. Por ejemplo, una profesora habla con una alumna sobre la calificación de su examen y le muestra dónde radican sus fallos. La profesora, además, por un acto de cortesía, le da unos consejos de cara a sus próximos exámenes en asignaturas parecidas. También, por último, le habla de que hace años tuvo una alumna que se apellidaba igual que ella, y le pregunta si no era su familiar.

Bueno, querido lector o lectora, ya os habréis dado cuenta de que en este diálogo la relevancia está en los fallos de la alumna en su examen. Lógicamente, la alumna fue al despacho de la profesora a preguntar eso; era  lo que quería que le comuniquen El hecho de ir a la revisión del examen es una muestra obvia de sus intenciones. La relevancia, pues, estaría, como dije antes, en los fallos del examen. Era eso lo que la alumna quería que le comunicasen. No obstante, y siguiendo con este ejemplo, durante el resto de la información la alumna no prestó atención. Cuando la profesora terminó de explicarle sus fallos, la estudiante empezó a darle vueltas a los mismos, en su mente, y ni se enteró de lo que decía la docente. Asentía, sí; decía cosas como “claro”, “ya…”, como si estuviese atendiendo a lo que le decía la profesora. La estudiante quería que le comunicasen una cosa y al resto de la información no le prestó atención por no ser relevante para ella: una vez satisfecha su demanda comunicativa restó importancia a lo demás, a la mera información.
En este ejemplo podemos ver la importancia de la relevancia en las conversaciones, en los diálogos que mantenemos con nuestros semejantes. Si bien esta radica en lo que queremos comunicar, me pregunto qué hacemos con el resto de la información; quiero decir, con lo que no es relevante. Por un lado, en el ejemplo, acabamos de ver que la alumna se abstrajo de la realidad y cogió lo que para ella era relevante y “desechó” el resto de la información. Sin embargo, la alumna, una vez satisfecha su demanda comunicativa, pudo, educadamente, despedirse de la profesora pero no, se quedó e hizo como si estuviese atendiendo. Ahora veremos los posibles porqués.
Sé que, normalmente, estas cuestiones pasan desapercibidas y nadie se fija en estos detalles. Lo hacemos a diario: fingir que prestamos atención a algo de lo que en realidad no nos importa o interesa. Lo curioso es que ocurre con tantísima frecuencia que a veces ni lo percibimos. Incluso, ahora mismo, querido lector o lectora, estarás pensando en dónde radica la relevancia de este texto o qué es lo que quiero decir con todo este rollo que vengo soltando hace minuto y medio de lectura. Bueno, no os desesperéis que ya estamos entrando en materia.
Volvamos a nosotros mismos, y dejemos de lado el ejemplo anterior.
Siendo sinceros, a nosotros también nos pasa que una vez satisfechas nuestras demandas comunicativas, al resto de la información le prestamos menos atención o, quizá, ninguna. Y aquí es adónde quería llegar: cuando no prestamos atención y hacemos como que sí, ¿estamos siendo maleducados? Pues esto es algo muy frecuente y no me había puesto a pensar en sus implicancias en los interlocutores, porque causa molestias en ellos. Además, al que no presta atención y hace como que sí, no solo se le tacha de despistado sino hasta se dudaría de su buena salud mental. Se podría hasta pensar que podría tener una discapacidad como el autismo o el asperger o cosas más graves. Pero no, lo que vamos a tratar aquí es de las personas aparentemente normales que no prestan atención a lo que les dicen, o sea, de los “maleducados que no prestan atención, pero fingen que sí”.
En un contexto familiar, donde los niños son bien educados por sus padres, el concepto de prestar atención a los demás no se ve afectado cuando se llega a la edad adulta. Lo que ocurre es que muchas veces gente con este contexto familiar, no presta atención a lo que se le dice, por más que le repitas las cosas una y otra vez; excepto, claro, a lo que les importa o interesa. Y, entonces, pensamos que o bien tienen una discapacidad mental o son maleducados. Como este no es un artículo terapéutico, psiquiátrico ni científico, trataremos el segundo caso, que es el de los “maleducados que no prestan atención, pero fingen que sí”. Sí, los que están en todas partes, en la universidad, en la oficina, en los supermercados, en las bibliotecas, en los aeropuertos; en fin, en cualquier lugar. Estos maleducados no prestan atención a los demás porque, una vez satisfechas sus demandas comunicativas, pasan de lo que la gente les dice. Lo raro es que asienten, parece que atienden, pero en realidad no están allí, su mente está en otra parte, quizá dándole vueltas a lo que le han comunicado o le van a comunicar. Impacientes, ansiosos, impertitentes, raritos, así son los maleducados de esta “especie”.
Este tipo de maleducado, por lo que he visto, va por la vida creyendo que lo sabe todo; piensa que los demás solo dicen tonterías, excepto cuando comunican algo relevante; está convencido de que la sociedad está imbuida en una especie de estupidez global; tiene la firme creencia de que la gente alarga su adolescencia hasta la vejez; mira por encima del hombro a los demás; cree que nadie está a su altura, excepto Zeus o Beethoven; piensa que si hablásemos solo cosas relevantes este mundo sería mejor y que el hambre en el tercer mundo acabaría y que el colectivo LGTB sería bien visto por los ultracatólicos; piensa, además, que la relevancia podría ayudar a curar los traumas infantiles que afectan a millones de adultos… Sí, todas estas cosas y más cosas disparatadas piensa este tipo de maleducado. Es increíble su capacidad de imaginación. Si toda esa energía, la usara para centrarse en lo que le dicen y prestase más atención sin fingir que sí, no estaríamos perdiendo el tiempo aquí hablando de lo maleducado que es.

El mundo ideal pensado por los “maleducados que no prestan atención, pero fingen que sí” es un mundo absurdo, artificial, sin sentido, gris. Sería horrible pensar que solo nos comunicásemos por la relevancia, ¿dónde quedarían entonces la alegría, la amistad, el buen rollo, la diversión, las sonrisas, los suspiros, la euforia, la reflexión; en fin, la humanidad? Desde luego, lo que nos hace humanos es precisamente esos detalles, esa información informativa que, si bien puede que no sea relevante, hace que mantengamos contacto con los demás: socializamos también mediante lo que no es relevante.
Imaginaos un mundo donde los seres humanos solo mantengamos contacto por medio de la relevancia, ¡seríamos robots! O puede que nos convirtamos en una sociedad de hormigas eficiente, donde la reina se encarga de parir y de suministrar feromonas para que las hormigas obreras trabajen al unísono, para el bien común de la sociedad. ¡¿Eso es lo que quieres maldito maleducado?! Pues no, desde aquí, este texto se convertirá no en un manifiesto comunista, pero sí en un manifiesto contra la robotización de la sociedad a la que nos quieres llevar, maldito fascista de la relevancia.
En definitiva, querido lector o lectora, que estos maleducados no os fastidien el día ni desanimen en contra de nuestra especie humana. Los “maleducados que no prestan atención, pero fingen que sí” existieron y existirán. Quién sabe si fue un maleducado de estos el que descubrió el fuego o inventó la brújula, quién sabe. Lo cierto es que están aquí, y es posible que hasta estén leyendo esto y estén descojonándose de nosotros. Da igual, lo importante o relevante es que los tenemos en la mira, sabemos quiénes son y cuáles son sus intenciones.


© Juan Aguirre
Mayo de 2014.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Reseña de "San Manuel Bueno, mártir", de Miguel de Unamuno

       Miguel de Unamuno profundizó en asuntos filosóficos sin desvincularse de la literatura. En su amplia producción literaria estas temáticas están presentes cronológicamente en las diferentes etapas de su obra. La reflexión histórica[1] de su tiempo forma parte de la modernidad en Unamuno. Como hombre de su tiempo, y más aún en el contexto histórico en el que vivió, su personalidad y su talento como escritor hizo que su prolífica obra trascendiera, no sólo en el campo de la literatura sino también en otros como la filosofía, la teología, el periodismo, la crítica literaria y el pensamiento político.

         San Manuel Bueno, mártir, es una novela, por tanto, de tintes filosóficos y religiosos, que aborda muchos temas que tienen que ver con el ser y su devenir. El ser, en su permanencia en esta vida, y el devenir en cuanto a lo que hay más allá de la muerte. Estas dos premisas formarán en esta novela una sola entidad. La relación entre cuerpo y espíritu, o entre el ahora y el mañana. en el ser humano es la mayor preocupación del protagonista de la obra, el cura Manuel Bueno. Tanto las personas más allegadas a él, como los hermanos Ángela y Lázaro Carballino, comparten estas mismas inquietudes.
         Aunque sabemos o percibimos las temáticas fundamentales de esta obra, el argumento podría tener diferentes interpretaciones. Esto no es algo nuevo porque los estudiosos del escritor bilbaíno coinciden en que el argumento unamuniano carece de desarrollo o conclusión[2]. Pues, por un lado, tenemos a Manuel Bueno, el cura del pueblo que, pese a su profundo ateísmo, persiste en adoctrinar (o mantener) en la fe a los habitantes de Valverde de Lucerna. El religioso, antes que hombre de Dios, es hombre a secas; es decir, prefiere que el pueblo no deje de creer en un Dios del que él mismo no cree. Esto lo hace para proteger a su pueblo; protegerlo, quizá, de sí mismo: si el pueblo pensara como Manuel Bueno estaría perdido. Esto se puede deducir a partir del hecho de que el padre forastero de Ángela Carballino le legó en herencia unos pocos ejemplares de libros, y que estos eran los únicos del pueblo. En otras palabras, el pueblo era inculto, poco formado y, en consecuencia, vulnerable espiritualmente. El pueblo no sería capaz de entender o profundizar los pensamientos de su guía espiritual. Éstas eran las preocupaciones de Manuel Bueno para con su pueblo y él no los quería defraudar. En este aspecto podemos notar un extraordinario humanismo. Quizá Bueno tendría razón y el pueblo se podría degenerar moralmente si, como decía Nietzsche y otros filósofos similares, supiera o entendiera que Dios ha muerto[3].

          Pero uno de los ejes principales de la temática que Unamuno utiliza en San Manuel Bueno, mártir, junto al ser, es, como dije anteriormente, el devenir del hombre. Y este devenir pasa indefectiblemente por el hecho natural de la muerte del individuo y su posterior estadio, en palabras del filósofo danés Kierkegaard. Entonces se plantearían las preguntas metafísicas de que hay más allá de este proceso natural. Los estadios que Kierkegaard aplicaba para denominar varios aspectos o etapas de la vida también podrían aplicarse para este nuevo escenario que se plantea a partir del cese de la vida en el sentido cristiano, trascendente o por la mera curiosidad de saber qué hay más allá de lo conocido.


         La existencia de la muerte es la razón de ser de diversas disciplinas del conocimiento como la filosofía, la religión, la literatura, el arte, etc.[4]. Porque saber que existe, que forma parte del proceso natural de la vida, mueve el intelecto, el pensamiento y salimos de ese estado autómata o de evasión en el que predomina el pragmatismo cotidiano, resumido en el concepto de deshumanización posterior a la Segunda Guerra Mundial. De este modo, esta novela nos plantea el ofrecimiento de la vida[5]; la del cura Manuel Bueno, que se sacrifica por su pueblo para mantener la armonía y la felicidad. Pero para que su sentido humanitario se lleve a cabo había que tener unas características particulares, como psicólogo empírico, o de la experiencia, para conocer a sus feligreses y mantenerles a salvo de cualquier perturbación de índole moral.

         El ser humano de por sí está influenciado por diversas ideologías, pensamientos o tendencias de diferentes procedencias que moldean su carácter. Esta penetración de influencias los hace vulnerables ante estos conocimientos. Manuel Bueno sabía que sus feligreses no estaban capacitados intelectualmente para hacer frente a una realidad que no estuviese dentro de los parámetros de la fe. Con esto, podemos notar una característica paternalista en el sacerdote, como un padre que protege a sus hijos, Bueno prefiere seguir con la pantomima de la fe, no decirles que él tampoco, en el fondo, cree. Él salvaguarda a su pueblo de las inclemencias de descubrir la verdad. Él, como portador de un ateísmo recalcitrante, no podía "contaminar" a sus hijos con sus pensamientos.


         El sacrificio es casi mesiánico: ofrece su cuerpo y espíritu en favor de los demás, de sus semejantes, de sus prójimos. Como Cristo, en la cruz, Bueno se inmola por ellos, por sus vidas, allí, en aquella realidad; porque el devenir es inexistente más allá de la muerte. Y Ángela Carballino podría ser la apóstol femenina que da testimonio de todos estos hechos, para que permanezcan a buen recaudo en el futuro, y sirvan como ejemplo humanista, por encima de cualquier dogma cristiano o espiritual; el humanismo como dogma que prescinde de todo vínculo institucional; el humanismo como norma de convivencia.
         Estas semejanzas entre Bueno y Cristo son evidentes. La novela de Unamuno es casi una alegoría al evangelio, un símil, un ejercicio comparativo. Si Cristo murió en la cruz, Bueno morirá por y para su pueblo; su tiempo se lo dedica exclusivamente a ellos, se desvive por su tranquilidad y bienestar en todos los aspectos. No hay momento en su vida en el que no haga nada en favor de ellos.
         Manuel Bueno conocía a su pueblo y no es sino hasta la llegada de Lázaro, hermano de Ángela, que alguien descubre la verdad oculta, aunque anteriormente ella le hizo una serie de preguntas que no se correspondían con las que las jovencitas de aquel entonces le hacían al cura. Estas preguntas eran más profundas, de cuestionamiento de la fe, de un calado que estremecían al cura el cual no sabía cómo responder convincentemente. Y Lázaro, el hermano que volvió a Valverde de Lucerna desde América, el hombre que había adquirido los conocimientos y el pensamiento liberal de las repúblicas hispanoamericanas, es quien cuestiona también al cura y éste termina confesando lo que hasta ese entonces nadie sabía. Son ellos tres, entonces, cómplices de aquel secreto; pero Ángela es la única que mantiene verdaderamente su fe. A pesar del ateísmo de Bueno, él quiere que ella siga creyendo, así como todo el pueblo. Lázaro, en cambio, era como él: compartían un escepticismo religioso incurable.

          Otro de los aspectos que llaman la atención de esta novela es su modesta extensión. Sin duda, de haber tenido San Manuel Bueno, mártir unas doscientas o trescientas páginas su volumen se hubiera parecido más a las grandes (en extensión, no en calidad) obras de los novelistas rusos e ingleses. Sin embargo, creo que de haber querido Unamuno darle una mayor extensión lo hubiera hecho. Pero esta brevedad tiene un sentido lógico que va más allá de convencionalismos, de estéticas y de estrategias de mercado (para vender más libros) que no se corresponden con un Unamuno comprometido con su literatura. Porque para el escritor bilbaíno la ausencia de todo elemento de relleno[6] era parte de su poética literaria. Esto también lo aplicaba para sus obras de teatro. Con esto Unamuno reafirmó su compromiso con su literatura más que con una estética destinada a satisfacer los apetitos económicos de las editoriales.

          Es su brevedad la que hace de esta novela un compendio que concentra una serie de ideas y temáticas que el autor quiere narrar o desentrañar a través de ella. Quizá pensó, el escritor bilbaíno, que con una mayor extensión se perdería lo esencial de esta obra. Como lector confieso que me hubiera gustado leer más páginas, por lo interesante que me resultó; pero, no obstante, me animó a seguir indagando en los temas que orbitan alrededor de esta magnífica obra literaria.


          Hay muchos ejemplos de novelas de estas dimensiones que han conseguido un efecto similar. Pienso que, de alguna u otra manera, Unamuno ha hecho de San Manuel Bueno, mártir, una obra antievangélica, en el sentido de que no anuncia una buena nueva sino todo lo contrario: que los aldeanos (que representan a la humanidad en definitiva), al ser gente poco formada, debe conformarse con creer, porque eso encaminará sus vidas por el camino correcto, sin dilaciones ni complicaciones. Pero si se salen de ese camino trazado, y al no tener las herramientas necesarias para hacer frente a la dureza de la vida, podrían degenerarse hasta convertirse en aquello que los destruiría. 
         La mención antievangélica en esta novela es en el sentido filosófico y no anticlerical. Se sabe que Unamuno, durante su niñez y adolescencia, fue un ferviente creyente[7]. Esto explicaría el abundante tratamiento sobre estas temáticas en su prolífica obra literaria.


          Unamuno es el escritor de la duda teológica, para lo cual utiliza herramientas de la filosofía existencial y otras similares en esta novela. Esta duda de fe es más evidente en el personaje de Ángela Carballino, pues en su hermano Lázaro y en el cura Manuel Bueno, e profundo ateísmo es incuestionable.

          Otra de las cuestiones, entre muchas, interesantes de esta novela es la mención del elemento sindical[8], debido, quizá, al contexto histórico en que se escribió esta obra literaria, por parte del Lázaro, cuando le propone al cura Manuel Bueno formar un sindicato de agricultores o campesinos para su mejor organización.

         Durante los tiempos de la república española, los movimientos progresistas hallaron un lugar para manifestarse. Sin embargo, la década de 1930 fue convulsa en España debido a los constantes cambios de gobiernos de carácter conservador y de izquierdas. Los valores democráticos estaban también en cuestionamiento en esos tiempos y Unamuno no era ajeno a ello como se muestra en aquel episodio de la novela donde se habla expresamente de alguna forma sindical.       
        Y, precisamente, no había sido desde los tiempos de Carlos V, donde hubo una apertura del pensamiento renovador, como el humanismo, el erasmismo y la Reforma[9] hasta la república donde se pudo escribir con libertad, sin la censura de la iglesia católica.

        El relato de San Manuel Bueno, mártir se ubica dentro de este contexto histórico en el cual se puede hablar libremente de la no existencia de Dios, si que le enjuicien o maten. Pero esto se termina, lamentablemente, durante la dictadura franquista. La misma suerte tuvo otra de las generaciones de grandes escritores españoles: la Generación del 27. 

        Volviendo al aspecto psicológico y espiritual es de destacar al personaje Blasillo, el discapacitado mental, que exclama las últimas palabras de Cristo en la cruz. El abandono de Dios podría interpretarse como una metáfora de la vida misma: Blasillo exclama un por qué a su condición de discapacitado. Es el hombre, que representa a toda la humanidad. Y es el cura Manuel Bueno quien, por medio de la razón, acepta la realidad como única vía para desarrollar el humanismo. Es decir, no hay una explicación teológica para la realidad; la realidad es aquí y ahora; fuera de ese contexto no hay más realidades ni refugios espirituales para los hombres buenos. La bondad o la buena convivencia es el humanismo; el humanismo descontaminado de religión es el único dogma para el cura de Valverde de Lucerna.

         El personaje de Ángela Carballino podría considerarse ambivalente, que duda por momentos de aquella fe a la que se aferra aunque su razón le diga que no tiene sentido seguir creyendo. Además es ella quien narra la historia.

           La influencia de su hermano Lázaro que viene de América, un ateo confeso que ha adquirido las ideas liberales de las jóvenes repúblicas americanas independizadas de España, ejerce también una influencia en ella. Es él quien también muestra rasgos complejos, pero determinados por su ateísmo. Pero la personalidad más compleja es la del protagonista, el cura Manuel Bueno. Resulta paradójico su doble discurso: por un lado a sus feligreses les anuncia las buenas nuevas del evangelio y por otro lado, a Lázaro, primero, y luego a Ángela, les cuenta la verdad: su fe frente a la incredulidad[10] de su pensamiento. En este punto cabe mencionar que de no haber llegado Lázaro la verdad de Bueno no hubiera salido a la luz. Es Lázaro el leitmotiv, el epicentro de la confesión del cura de Valverde de Lucerna. Es como si se hubiera visto en un espejo y ante él no había la posibilidad de ocultar u omitir la esencia de Manuel Bueno.
          El factor religioso, que lo acompañó en toda su trayectoria literaria, en Unamuno es fundamental para entender su poética:

«Tal vez se encuentra España ahora en el momento más crítico y más decisivo de su vida social; tal vez estamos a punto de cosechar la amarga lección del desastre; tal vez va a decidirse si he de ponernos al paso y al rumbo de los demás pueblos cultos o hemos de volver a la vieja y pedregosa rodera del pasado. Nunca ha estado la política española tan revuelta y enmarañada como al presente se nos muestra, pocas veces tan agitado el espíritu público, y es porque se plantea al cabo la cuestión de las cuestiones, la cuestión batalladora, la vital para España, la cuestión religiosa[12]».
        Pero Unamuno no sólo está influido por el pensamiento erasmista y existencialista; también, por medio de esta novela, notamos rasgos evolucionistas en sus premisas. Esto le hace un escritor ecléctico que aborda diferentes temáticas desde distintos puntos de vista y coge lo que cada teoría tiene de bueno[11]. Quizá por eso la prosa, como medio temático, de Unamuno es versátil: deja puertas abiertas para la libre interpretación, no es rígido en sus teorías y deja que el lector saque sus propias conclusiones. Desde ambas orillas, desde la fe y desde el ateísmo, el lector se puede identificar con estos personajes o con la historia en su conjunto de esta imprescindible obra literaria.
 
Juan Aguirre


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[1] ZAVALA, Iris, Unamuno y el pensamiento dialógico, Barcelona, Anthropos (1991), pág. 17.
[2] Ibid., pág. 111.
[3] HEIDEGGER, Martin, «La frase de Nietzche "Dios ha muerto"», en: Sendas Perdidas, Buenos Aires, Losada (1979), pág. 177.
[4] ALBA PELAYO, Mª Asunción (Prólogo de Esteban Pujals), Unamuno y Greene (un estudio comparativo), Secretariado de publicaciones de la Universidad de Alicante, Alicante (1989), pág. 11.



[5] Ibid., pág. 51.
[6] VV.AA., Volumen IV, homenaje en el cincuentenario de la muerte de Miguel de Unamuno (ed. Jesús María Lasagabaster), San Sebastián, Universidad de Deusto (1987), pág. 47.  [7] VV.AA., Estructuras y técnicas narrativas en el cuento literario de la Generación del 98: Unamuno, Azorín y Baroja (segunda edición), Pamplona, Universidad de Navarra (1998), pág. 47.
[8] LIDA, Clara E., Antecedentes y desarrollo del movimiento obrero español (1835-1888), Madrid, Siglo XXI (1973), pág. 47.
[9] VALDÉS, Juan de, Diálogo de la lengua, Madrid, Clásicos Castalia (1985), pág. 7.
[10] VV.AA. El ateísmo contemporáneo Vol. IV, Madrid, Facultad de teología de la U. Pontificia Salesiana de Roma (1973), pág. 83. 


[11] UNAMUNO, Miguel de, Prensa de Juventud (ed. Elías Amézaga), Madrid, Compañía Literaria (1995), pág. 60.[12] VV.AA., De patriotismo espiritual: artículos en «La Nación» de Buenos Aires 1901-1914,



Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca (1997), pág. 77.